Valle de Hecho (Val d’Echo en aragonés) es un municipio del partido judicial de Jaca, provincia de Huesca. Pertenece a la comarca de la Jacetania.

La capital del municipio se encuentra en la población de Echo que acogía a comienzos de 2008 a 628 habitantes. Otras localidades pertenecientes al término municipal de Valle de Echo son: Siresa (Ziresa en aragonés), Embún, Urdués y Santa Lucía. Con el nombre de Echo hay confusión es su escritura. El origen de la palabra no tiene H, por lo que así debería escribirse en castellano y aragonés. Como bien dijo una vez el historiador Domingo Buesa Conde, citado más abajo por otros motivos: «Echo con hache es del verbo hacer».

Cultura

La vitalidad de las gentes del valle se muestra a través de la vida cotidiana y de sus constumbres. La fabla chesa, el folclore, la gastronomía, las fiestas… se miman y celebran para disfrute de vecinos, visitantes y amigos.

Es uno de los lugares en los que sigue en uso la lengua aragonesa, en la variante conocida como cheso, nombre tomado del gentilicio que se aplica a los habitantes del valle.

La música y los bailes tradicionales, junto con la rica indumentaria antigua, se exhiben gracias al Grupo Folclórico de la Val d’Echo, al palotiaú d’Embún y al grupo A Ronda d’Os Chotos d’Embún. Sus músicas traspasan las fronteras de Aragón pregonando constumbres y tradiciones ancestralesy el sentir de las gentes de hoy.

Las tradiciones y los antiguos modos de vida se reflejan en la ruta etnológica a través de los museos situados a lo largo de todo el valle.

Otro aspecto característico que dilata si todavía cabe la cultura y las tradiciones de este valle es «Lo cheso». La supervivencia de la lengua chesa es el rasgo más significativo de la cultura del valle. Los chesos Veremundo Méndez, poeta, y Domingo Miral, rector de la Universidad de Zaragoza, lo inmortalizaron con sus obras. Además de ser todavía el idioma de los vecinos, existe una prolífica actividad literaria con una revista semestral (Bisas de lo Subordán) y continuas publicaciones.

Por otra parte cabe destacar la importancia y grandeza de su gastronomía. En gastronomía, los productos naturales y los platos tradicionales se funden con los nuevos gustos culinarios, por lo que encontramos una cocina rica, sabrosa y variada.

Historia

Cuando pensamos en el Pirineo, lo primero que nos viene a la mente son paisajes, naturaleza en estado puro. Pero el hombre ha formado parte de él y lo ha moldeado según sus necesidades. En este valle, la historia que nos precede es casi tan rica como su naturaleza.

En la Selva de Oza, Guarrinza y a lo largo del río Aragón Subordán y sus afluentes encontramos la mayor concentración de monumentos megalíticos de toda la cordillera. Dólmenes y cromlech que nos dicen que desde el 3000 a.C. ya acudían los hombres a cazar o en busca de pasto con sus rebaños. La Corona de los Muertos, en Oza, presenta 120 círculos de piedras. En aquellos en los que se ha excavado se ha encontrado hasta 5000 piezas de sílex: puntas de flecha, raspadores… que podrían indicarnos que esa zona fuera un lugar de asentamiento estacional.

Más tarde serían los romanos quienes, en su conquitsa del mundo, construirían a través del valle una de sus tres calzadas pirenaicas, el Summo Pyreneo o Caesaraugusta – Beneharnum, la ruta que unía Zaragoza con Francia y por la que pasaban incluso carruajes. Muros de contención, puentes… se conservan magníficos restos de esta impresionante obra de ingeniería. Pues el valle fue utilizado ya desde la más remota antigüedad como vía de comunicación entre ambas vertientes de los Pirineos, habiendo constancia de su paso por las partes altas del valle en época romana, camino del Port de Pau (o Puerto del Palo, en lengua castellana).

Todos sabemos que el Reino de Aragón se extenió hasta Nápoles, pero pocos saben que nació aquí. El condado carolingio de Aragonum formado por Echo y Canfranc, se anexionó más tarde con los valles próximos, se expandió a la Jacetania y, progresivamente, se fueron uniendo otros territorios hasta incluir los condados de Sobrarbe y Ribagorza para ver nacer al Reino de Aragón.

El año 833 se instaló en el valle, sometiéndolo al dominio de los carolingios, el conde Galindo I Aznárez, que ese mismo año fundó el monasterio de San Pedro de Siresa.[1]

El año 864, Galindo Aznárez donó las rentas condales de la villa de Echo, junto con todas las del propio valle, al monasterio de San Pedro de Siresa.[1]

En Siresa y en el monasterio, cuya iglesia aún podemos contemplar hoy, vivieron hasta 150 monjes que custodiaban una impresionante biblioteca. Varias dinastías aragonesas entraron en sus muros, incluyendo el rey Alfonso I el Batallador, quien gustaba de la caza por estos nuestros bosques y quien un día fue salvado por los lugareños de morir en las garras de un oso, por lo que el rey concedió privilegios especiales a los chesos.

Por aquel entonces, la calzada romana y el puerto del Palo vieron cómo muchos peregrinos cruzaban hasta Santiago, antes de que tomara relevancia el paso por Somport.

De nuevo los antepasados de este valle se verían favorecidos por los reyes, esta vez por Fernando el Católico en 1515 y por Carlos II en 1680. ¿El motivo? Las navatas y almadías. Los navateros chesos fueron poderosos comerciantes de madera durante los siglos XV al XVII y ambos reyes les concedieron el privilegio de libre tránsito por las ciudades por las que cruzaban sus navatas.

En el siglo XIX, serían las tropas napoleónicas las que dejarían una triste huella, ya que, quizás porque de Echo salió el primer guerrillero de Aragón, o quizás porque varios vecinos del valle se levantaron en armas contra ellas, incendiaron nuestros pueblos una noche de agosto de 1808.

Y en el siglo XX, recorrimos las cumbres hasta Francia en busca de trabajo temporal, en busca de productos con los que comerciar o en busca de cobijo durante la guerra. Asimismo, recibimos y ayudamos a los que huían de la Francia ocupada por los nazis.

Hoy el Valle de Echo (Val d’Echo) es el segundo municipio de la Comarca de la Jacetania, formando por los pueblos de Embún, Urdués, Siresa y Echo, además de Santa Lucía, que a día de hoy se encuentra deshabitado.

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